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LA ZONA DEL SILENCIO Y LAS LEONIDAS

México, D.F. a diciembre de 1999

 

     El día 15 de noviembre de 1999 a las 9:00 de la noche iniciamos un viaje a la Zona del Silencio en compañía de mi familia y amigos, este viaje había sido planeado hacia por lo menos unos 15 años por varios de los compañeros de la astronomía, y hasta ahora se pudo realizar.

Son las tres de la mañana. Vamos treinta personas viajando dentro de un oscuro autobús rumbo a la Zona del Silencio, unos duermen y otros aunque despiertos, sueñan con la aventura que tendrán la fortuna de vivir. Estaremos tres noches y cuatro días para observar una lluvia de estrellas, llamada las Leonidas.

Cuadro de texto:

                En esta expedición vienen aficionados a la astronomía, estudiosos de la arqueo astronomía, biólogos, geógrafos, jóvenes y personas, que como yo, de más de 60 años. Distintas personalidades pero con los mismos objetivos: vivir el desierto con sus misterios y observar esta lluvia de estrellas tan espectacular que ocurre cada treinta y tres años, cuando la Tierra, en su translación pasa por los residuos del cometa Temple-Tuttle que es un cometa es de corto periodo orbital.

En un boletín de la NASA, se anuncia que para la madrugada del 18 de Noviembre veremos 40 meteoros por segundo, 150,000 durante dos noches. Si es así debe de ser el espectáculo del Siglo, nos emociona la idea.

 

                Hace 20 o 25 años me entere de la Zona del Silencio por un pequeño libro que la describía. Narraba acerca de las mutaciones que habían sufrido ciertos animales y plantas en este desierto; la zona se encuentra donde se juntan tres estados de la república (Coahuila, Chihuahua y Durango en un punto llamado el vértice trino; en 1964 el Ing. Harry de la Peña, empleado de PEMEX, durante sus viajes a este desierto observó que en algunas regiones del lugar, las ondas hertzianas o de radio, no llegaban libremente, pensando que por la gran concentración de magnetismo del lugar, hacia que las ondas rebotaran hacia cualquier lado y provocaba que se perdiera el sonido, de ahí vino el nombre de la Zona del Silencio.

                El Ing. Harry de la Peña en sus conferencias y libros narraba que en el lugar existía una gran concentración de tectitas, meteoritos y fósiles marinos entre otros enigmas.

El año pasado (1998) con unos buenos amigos tuve la fortuna de conocer la Zona del Silencio; me enamore de ella y tome la decisión de volver con mis hijos y mis compañeros de astronomía y todo aquel que quisiera correr la aventura.

Cuadro de texto:

 Son las cinco de la tarde, estamos entrando a Gómez Palacio, Durango. Lilí, guía de esta expedición nos está esperando en un Jeep de los Ángeles Verdes. Le notificamos de nuestra llegada por teléfono, pues hemos llegado al lugar de reunión con cinco horas de retraso por diferentes circunstancias. “Hay que bajar todo y pasarlo a otro camión, porque en este camión no podríamos pasar por las veredas y vados que recorreremos por el desierto” dice Lilí. Bultos y bultos se amontonan uno junto a otro, casas de campaña, sleepings bags, telescopios, una bicicleta de montaña, hasta un catre para la amiga que no puede dormir en el suelo. El camión es más chico, parece que no vamos a caber.

 

Nos dirigimos a Ceballos donde comeremos nuestros alimentos. Lilí nos comenta que hace unos años cayó un meteorito cerca de Parral, Chihuahua, que contenía Silicato de Magnesio (material primigenio). La Zona del Silencio esta entre los paralelos 26 y 28 (Norte), al igual que las Pirámides de Egipto, el triángulo de las Bermudas, Cabo Kennedy y otros muchos  lugares de interés.

 

                Es el atardecer cuando vemos un letrero que dice “Zona del Silencio”, es la entrada, para llegar al campamento haremos como una hora y media a dos, por brechas y vados. Lilí pide, en voz alta y con reverencia, permiso para entrar al desierto, deseando que nuestra estancia esté protegida por los espíritus del lugar.

 

                El desierto está ante nosotros, con su escasa vegetación. Predomina la Gobernadora, matorral con flores amarillas que tienen un especial olor acre; los ocotillos sobresalen con sus largas y espinosas ramas. El cielo empieza a teñirse con mil colores, un gran cerro de roca color arena domina el paisaje, caprichosas figuras pueden observarse, torres, picos etc., empieza el anochecer, las estrellas brillan en el firmamento, el polvoriento camino nos obliga a usar tapa bocas. A lo lejos, enfrente, arriba del cerro, una luz brilla intensamente y surgen los comentarios: “¿que será esa luz tan brillante? ¡Vean como se mueve!”, “si, si se mueve”, todos comentan interesados. Rafael Ángeles dice que no se hagan ilusiones porque es el planeta Marte, en algunos rostros hay desilusión.

Cuadro de texto:

                Hemos llegado al campamento, las casitas de campaña, en círculo se ven bonitas y acogedoras, un telescopio Polarex de 1.5 metros de distancia focal, se destaca por su tubo blanco; un tendido con techos de paja hacen de cocina y comedor y enfrente, en el cerrito del Capitán, la estructura de un observatorio destaca sobre el casi oscuro cielo bañado por el claro de Luna. Todo es movimiento, los cientos de bultos bajan del camión. Poco a poco llega el orden dirigiéndonos a cenar.

 

                En el comedor hay una mesa con verduras cortadas en tiritas, huevos, lechugas, aderezos, etc. Al fondo dos parrillas fabricadas dentro de grandes botes asan la deliciosa carne que nos envuelve con su olor, también hay papas en papel plateado, chilacas rellenas de queso y muchas otras delicias nunca antes imaginadas en el desierto. La cena transcurre entre risas y plática, nadie esta cansado.

 

                Empezamos a observar, unos se acuestan en unas colchonetas que han sido dispuestas para nosotros, Eduardo coloca su telescopio y empieza a explicar como funciona y cuáles son sus movimientos. Estamos observando la nebulosa de Orión a través de su telescopio, se le ve rodeada por una nube obscura y, en medio, unos diminutos soles, que componen el Trapecio. Eduardo nos explica que ahí, en esa nebulosa, nació nuestro Sol, que esto ya ha sido comprobado por medio de la computadora, así es que somos oriónidos: ¿que les parece?...

 

                Observamos Saturno, con sus maravillosos anillos y nos pasamos a mirar a uno y otro telescopio donde cada una de las imágenes nos maravillan, allá un cúmulo, por acá una galaxia y la noche transcurre en espera que se meta la Luna para que se nos permita observar la lluvia de estrellas. Lalo, de la Sociedad Astronómica de Durango, nos invitan al observatorio que está en el cerrito, la subida es difícil, lajas de piedra suelta y rocas resbalan dificultando el camino. Hemos subido 14 personas, en el observatorio caben ocho, así es que tendrán que esperar su turno. El telescopio es un catadióptrico, marca Meade, de 16 pulgadas. Es un tubote anchote y corto con un gran espejo brillante en su interior. También vemos la nebulosa de Orión, pero ¡qué diferente se ve! Parece en tercera dimensión.

 

Cuadro de texto:                  Hay silencio. Risas nerviosas de gozo: se ha metido la Luna, fue hermoso, cuando desapareció por el horizonte, su color rojizo teñía el cielo y poco a poco la bóveda celeste se tornó más obscura. “Ahí, ahí miren... ¿Donde?... ¿Donde?...” Se escuchaba y los ojos recorrían ávidamente el firmamento y empezaron a aparecer las estrellas fugaces: unas largas, otras cortas, brillantes y rojizas. La constelación de Leo se ve en el horizonte Este, va saliendo lentamente, pero por ahí no se ha visto gran cosa, la luz del amanecer se ve tenuemente... “Iré a descansar, mi confortable casa de campaña me espera”.

 

                Son las 10 de la mañana, ya todos están despiertos y listos para desayunar, los baños y “la regadera”, están a unos 50 o 60 metros, lejos... lejos..., pero todos ya conocemos el caminito. Los dos baños y la regadera son de maderitas, muy rústicos. Los baños tienen una ventanita donde se puede ver el cerro de San Ignacio mientras se piensa en la inmortalidad del cangrejo. La regadera es una gruesa bolsa de plástico de donde sale el escaso y valioso líquido.

 

                Abordamos el camión rumbo a la zona de micro meteoritos y cuatro intrépidos ciclistas se adelantan, Lilí nos explica que existe una gran precipitación de meteoritos y entre ellos el famoso “Meteorito de Allende” que cayo en 1964 cuya composición es de magnesio 26, producto de la desintegración del aluminio 26, el cual no existe en nuestro sistema solar y tardará aproximadamente 13 mil millones de años en desintegrarse. Pero realmente nada se sabe con certeza sobre si son meteoritos o tectitas, los que se encuentran diseminados en una área de 3 kms., estos son fragmentos de roca con apariencia metálica color grisáceo y metálico oxidado, algunos no tan pesados para ser meteoritos. Nos hemos bajado a caminar. Nos alejamos del camión. Cada quien, con la espalda encorvada mirando al suelo, emprende su camino, buscando los valiosos meteoros, las bolsas de plástico que nos dieron en el campamento se empiezan a llenar, Alvaro y Cruz se suben al techo del camión seguidos por los aventureros que toman su lugar entre tumbos y brincos.

 

                ¡Que bonitos paisajes! El cielo tiene un azul intenso sobre el que destaca los riscos de tierra arenisca, invitándonos a fotografiarlos.

 

                El suelo del desierto también tiene su encanto, aquí el suelo esta completamente lleno de fragmento de rocas de distintos colores y tamaños, y más adelante la arena se desliza sin tropiezo.

 

                Llegamos a donde está el banco de fósiles marinos que datan de 60 a 500 millones de años. Nuevamente la espalda se encorva en la búsqueda de los mismos, por aquí un bivalvo (conchita), por allá una turritela (caracolito). Los fósiles están en unas placas blancas como el yeso, con el fósil incrustado. Nos pide Lilí que no nos llevemos recuerdos, pero es difícil no llevarse un pedazo de este mar en el desierto. Esta zona pertenece al bolsón de Mapimí que hace millones de años era el mar de Tetis, un mar poco profundo que se secó, dejando algunos vestigios fósiles. Curiosamente aquí también los fósiles se localizan en un área bien limitada. Varios han sido los kilómetros que hemos recorrido en su búsqueda. Alvaro encuentra una laja de 20 cm., donde molde y figura embonan a la perfección.

Cuadro de texto:

                Son las cinco de la tarde. Hemos regresado al campamento y volteando a ver el atardecer nos dimos cuenta que se había formado una serie de Glorias que iban del Este al Oeste formando un espectáculo maravilloso en forma de abanico. Pollo asado en las brazas y otros manjares están sobre la mesa. Después de la comida-cena, unos se disponen a descansar un rato, otros colocan cuidadosamente sus cámaras con las que fotografiarán las distintas partes de la bóveda celeste, intentando captar las estrellas fugaces. Rafael Ángeles trajo cinco cámaras, cada una con distinto tipo de rollo: transparencia, papel sensibilizado, etc.

 

                No hay silencio. El silencio ha sido interrumpido por las constantes risas de alegría que se escuchan, “¡allá va una!” Todos voltean a diferentes lados: “especifica, dinos por dónde”. “Entre Orión y Tauro, allá va... ahora por la Polar”. “Ve esa, es larga y dejo estela”, “¡miren se vieron cuatro cortas, casi en el mismo lugar!”. Calculamos ver una por minuto, a veces dos. Muchos caminan mirando al cielo, platican en voz baja, casi en silencio, para no perturbar la quietud que circunda el campamento. De pronto una voz de soprano irrumpe en la oscuridad, la joven Amanda, nos deleita con su hermosa voz, canta una canción de cuna para los que se encuentran dormidos y los que están roncando se callen y después canta una aria de la opera de Carmina Burana, ¡Qué momento mágico! Las Leonidas se han quedado quietas para no interrumpir.

 

                Subimos al cerro del Capitán donde esta el observatorio vemos como poco a poco van desapareciendo las constelaciones bajo el horizonte Oeste. Ya no está Orión, Sirio sé esta poniendo y los primeros rayos del Sol penetran nuestras pupilas. Hay que descansar. La función de hoy ha terminado. Debemos haber contabilizado unos 250 a 300 estrellas fugaces, en las últimas tres horas. Estuvo bien, nunca habíamos visto tantas, aunque no fue lo que esperábamos. La lluvia intensa debe haber caído en el otro hemisferio terrestre.

 

Cuadro de texto:                  Son las 10:00 de la mañana, hemos terminado de desayunar. “Súbanse todos al camión que nos espera un largo día”, dice Lilí. Iremos primero al Laboratorio del Desierto de la “Reserva de la Biosfera”. Donde científicos de distintas partes del mundo estudian la flora y fauna del lugar. En la Biosfera un joven biólogo nos da la bienvenida invitándonos a pasar a un salón donde hay fotografías del desierto, fósiles marinos, plantas, semillas y rocas, entre muchas otras cosas. El biólogo nos platica que el clima es semidesértico y que se llegan a alcanzar temperaturas de más de 40 grados. La flora es básicamente de cactáceas. La fauna se basa fundamentalmente de reptiles, insectos y algunos mamíferos del desierto, pumas aunque escasos, zorros y liebres entre otros.

 

                Dentro de la fauna existen una serie de mutaciones como la que presenta la tortuga gigante, única en su especie, en cuyo caparazón aparecen figuras hexagonales y a veces triangulares, en vez de octogonales. Estas tortugas habitan el lugar desde hace millones de años y eran marinas, cuando este era el mar de Tetis, pero ahora son terrestres. Aunque sus patas tienen forma de aletas ya se les han desarrollado uñas y sus ojos son de color amarillo, para protegerse de los fuertes rayos del sol.

                Salimos a ver las tortugas, que caminan despreocupadamente, estas fueron decomisadas a unos comerciantes, una de ellas tiene un gran hueco en el caparazón; están acostumbradas a la presencia del hombre, ellas sacan sus cabezas mirándonos con simpatía; toco sus uñas: son de carey. Sus patas tienen escamas como las serpientes, las retratamos y acariciamos. Nos enseñan, también, unos pequeños y esquivos puerco espines. La pareja que trajeron del desierto ya tuvieron crías y piensan integrarlas, poco a poco, a la naturaleza del lugar. Nos comentan que en esta zona hay tanto magnetismo, que algunas brújulas se vuelven locas y que las pila se descargan, algo que experimente, ya que en la cámara de vídeo traía una pila nueva, con duración de dos horas y media y se descargo a los 45 minutos de funcionamiento.

                Nuevamente vamos viajando en el techo del camión iremos a donde cayó, en 1970, la cohete "Agena", nave de observación norteamericana, que iba de descender en White Sands, Texas y que “curiosamente” se desvío 1,200 km. Para caer en esta región tan especial. Lo que fue un magnífico pretexto para llevarse furgones de ferrocarril llenos de arena, flora y fauna del lugar, diciendo que todo lo que se llevaron estaba radiactivo. Aquí hay una especie de planicie baja rodeada por pequeños montículos de arena delgada, como la del mar, las huellas de las patitas de Lagartijas arrastrando su cola, se ven por doquier, las pequeñas dunas rápidamente se ven mancillados con las huellas de tenis y botas, cuyos dueños escudriñan el terreno en busca de huellas de animales mayores.

 Las patas de un coyote o zorra se ven por allá. Lagartijas y Camaleones, color arena, corren rápidamente o se inmovilizan para perderse en la arena. Recojo unas cascaritas que pueden ser huevo de pájaro o de serpiente. “¡Vámonos! Que nos falta la cueva”, dice Lilí y nuevamente emprendemos el camino.

Cuadro de texto:                  El Cerro de San Ignacio quedo atrás, llegamos al “El Guardián del Desierto” que es un risco con forma de mono, erguido en sus patas traseras. Emprendemos la subida por la ladera llena de plantas cactáceas que nos amenazan con sus largas espinas: hay nopal rojo, que ha adquirido ese color para protegerse de los rayos solares; la candelilla, planta de ramas suculentas que guardan una savia que parece pegamento y que sirve para hacer pólvora y otros explosivos. Una pareja de águilas viven en lo alto del risco, dan vueltas una detrás de la otra, observándonos. ¡Miren allá arriba! dice Adriana, es Alvaro, le gusta escalar, nos saluda abriendo los brazos, se ve pequeñito. Cuando llego a la cueva muchos están sentados observando la lejanía, imaginando las aguas que cubrían toda esta extensión cuando esto era un mar.

                Unos sacan fotografías de las paredes donde se encuentran dibujadas rayas, algunos soles y figuras difíciles de explicar,  todo en rojo.  No tenemos idea de su significado  pero  sabemos  que  alguna cultura apache dejaron su testimonio.  También  hay dos escrito que se leen así: “Aquí estuvieron 100 hombres, una firma y fechada con 1900” y otra casi ilegible que tenia la fecha de 1890. Hay guano de murciélago, lo que indica que este es su hábitat. Amanda, canta otra canción, paisaje y voz nos llevan a volar por el infinito. Luego Lilí pide un momento de silencio y contemplación, lo que nos parece muy apropiado ya que ni un solo momento hemos vivido el silencio del desierto, el que ha sido interrumpido por las múltiples carcajadas de alegría y libertad que se han escuchado todo el tiempo.

                Esta será nuestra tercera noche de observación. Yo estoy cansada, dormiré un rato.

Me ha despertado la voz de un tenor cantando “O sole mío”. Los amigos están sentados alrededor de la fogata escuchando al dueto que han formado Amanda y el doctor del campamento. La noche está algo fría y la Luna aún no se oculta; la casa de campaña me llama y me vuelvo a dormir.

Cuadro de texto:                  Por la mañana Lilí dice “¡Levántense y arreglen todas sus pertenencias! Porque hoy partiremos a las 10:30 de la mañana, desayunemos un rico desayuno de quesadillas y huevos y todavía tendremos un largo trecho por recorrer”. Una a una van desapareciendo las casas de campaña. El camión vuelve a llenarse con nuestro equipaje que esta repleto de rocas y recuerdos. En los rostros hay alegría, por los momentos pasados, pero también hay tristeza. Nos despedimos de Erik el cocinero francés y sus ayudantes, dándoles las gracias, por lo bien que nos han atendido y de lo rico que hemos comido.

                Partimos rumbo al pueblo de Ceballos, pasado por pequeñísimos ejidos donde hay una o dos casas, vemos algunos caballos. A lo lejos hay una pequeña laguna donde descansan algunos patos. En lo alto dos parvadas de patos con su clásica formación en V nos acompañan. Una desvencijada reja tiene por inquilinos a tres hermosos cuervos negros, que nos dan la despedida. Llegamos ha Ceballos y nos dirigimos hacía el desierto de Chihuahua donde iremos a un pequeño manantial de aguas termales. La aventura aún no ha terminado. Lilí nunca ha ido a este lugar, así es que va preguntando en el camino. Desde que salimos del campamento llevamos como tres horas de viaje y al fin llegamos al manantial.

                Un altísimo cerro con su clásico color arena y muy poca vegetación es el marco para dos cristalinas albercas de agua calientita. Los trajes de baño empiezan a salir de las maletas. Unos se van a la pequeña cueva donde sale el borbotón hirviente de agua. Solo caben cuatro o seis personas, para remojarse y quitarse la tierra del desierto que se ha ido acumulando. “Esta calientísima, casi no la soporto”, digo yo a los compañeros que flotan casi sentados en el suelo. ¡Que delicia! No quisiéramos salirnos pero ya es el turno de otros amigos. Que imponente se ve la montaña junto a nosotros. En las albercas se ven el chapotear de los pies a través de las transparentes aguas. Todos ríen, todos comentan. ¡Que maravilloso es todo esto! ¡Nadar en el desierto!

                Todo listo para el regreso. Iremos, nuevamente a Ceballos, a comer a un típico restaurancito, en donde comimos las ricas burritas a la llegada. Poco antes de llegar al restaurante unos compañeros se bajan a comprar unas botellas de Sotol (bebida típica de la región) para llevarles a sus amigos de México ya que, las que compraron de ida al desierto, fueron sabrosamente degustadas en el frío de la madrugada.

Cuadro de texto:  “¡Abue, Abue!”, me llama excitado mi nieto Sinaí, “mira el cielo, en aquella dirección como a 20° de altura ¿y dime que ves?” Alvaro y Adita, mis hijos que están junto de mi se apresuran a mirar. “¡Ahí, ahí! fíjate... es como un cigarro de vapor color blanco que avanza lentamente”. Yo lo veo entrar a una pequeña nube color rojiza, ya que es el atardecer y sale retrocediendo de la misma hacia atrás. Rápidamente corro a buscar a María Elena que es entendida en esta rama. No la localizo. Regreso al callejón donde me señalan otra rayita igual pero de color rojizo de un tamaño mayor la cual no se le ve volumen, siempre se ve del mismo tamaño, avanza lentamente frente a nuestro horizonte y empieza a variar su velocidad hasta que en un momento se detuvo por completo durante unos segundo para de nuevo incrementar su velocidad en forma irregular.

                Entro al restaurante y digo: ¡Si quieren ver algo... acompáñenme! Y todos salen apresuradamente, dejando al restaurante vacío. “¡Ahí, ahí!” señalaban los que se encontraban observando en el callejón todos miraban al cielo, algunos decían, “¡Si Ahí está, ya lo veo!”, otros callaban y buscaban sin encontrarlo. Alguien veía por los binoculares. Había gran expectación cuando de pronto una gran nube de humo color café rojizo espeso salió de la parte de atrás del restaurante, tapando completamente el cielo. Los que ya lo habían visto salieron corriendo por el arenoso callejón de tras del humo para seguirlo mirando, y los que no se movieron del lugar no vieron nada.

                Antes de entrar al restaurante Rafael Ángeles (¡tenía que ser él!) dijo: “debe ser un aeroplano fumigador”, ¿fumigando el desierto y a esa altura? ¡Miren, yo no sé que vimos, pero un Ovni es un Objeto Volador No Identificado y eso es exactamente lo que vimos!

Por cierto Guillermo y María Luisa, los del Sotol, llegaban en ese momento y al ver el humo y que todos salían del restaurante, pensaron que se estaba quemando.

                Ya de regreso a Gómez Palacio de repente alguien de los mismos compañeros grita que acaba de ver como se caía un sleeping bag del toldo del camión, e inmediatamente nos detenemos para recogerlo y amarrar nuevamente la lona que detiene el equipaje, el que cuando nos detuvimos en el manantial algunos movieron sus maletas para sacar sus trajes de baño dejando suelta la lona, se sube el chofer y Alvaro para amarrarla y dejan olvidado a Alvaro en el techo y se arrancan, dando lugar a que mi hijo les toque el techo para que se detengan y pueda meterse al camión.

 

                Estamos en Gómez Palacio, Durango, nos despedimos de Lilí con mucho cariño, agradeciéndole nos haya compartido ese desierto que tanto quiere y del que muchos nos hemos enamorado, diciéndole que regresaremos el próximo año. Cuadro de texto:

Hay que acomodarse bien y muy arropados en el camión. El trayecto es largo y el ajetreo debe hacer que el sueño nos acompañe. Hicimos dos paradas durante el trayecto para llegar a México a las 4:00 P.M. del Sábado 20 de Noviembre de 1999.

                La aventura ha terminado ahora tenemos nuevos amigos, vivimos hermosas experiencias, reímos mucho, comimos mucho, contamos como 300 estrellas fugases, conocimos algunos secretos del desierto, oímos cantar y de postre vimos dos ovnis, ¿que más se puede pedir?

 

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