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Viaje a Metepec: Los Ovnis y Algo más.

Por Ada Amelia Carrera Rodríguez.

México, D. F. A Junio de 1999.

 

                En 1991 durante el eclipse total de Sol algunas personas al estarlo fotografiando, observaron algo que parecía ser un Ovni. Unos meses más tarde, el 16 de Septiembre aparece, junto a los aviones del desfile un Ovni... Y se suelta la oleada de avistamientos. Jaime Maussan da la noticia de que aparecen en Atlimeyaya en el estado de Puebla, siguen los testimonios y las fotos. Por supuesto Álvaro, yo y muchos amigos, queríamos ir a lo que se dio en llamar el triángulo de los Ovnis: Atlixco, Metepec y Atlimeyaya.

 

 

Y es ahí a donde nos dirigiremos, picados por esa ignata curiosidad y deseos de aventura. Va con nosotros Rubén que será nuestro guía, él ya ha hecho este recorrido e investigado varias cosas a cerca de Atlimeyaya, lo acompaña su novia Guadalupe. Con nosotros va Nacho, un compañero en nuestra afición por la astronomía, su señora madre: Consuelo, que ha estudiado varias filosofías y doctrinas esotéricas, compañera mía en algunos de mis estudios, mi hijo Álvaro, su novia Adriana y por supuesto, un perro, el que en esta ocasión es Hochi.

 

                La salida fue a las 12 del día como habíamos quedado. Tomamos por la calzada Zaragoza, que ahora cuenta con 8 o 10 carriles, cuando sin previo aviso, los coches de los carriles centrales empezaron a parar, pensando nosotros, que se debía a algún choque; al avanzar nos dimos cuenta que no había nada que les impidiese el paso, sin embargo los coches se regresaban en reversa y no se veía nada, ni patrullas, ni choques, pero todos los coches salieron al carril lateral y fueron enviados por los agentes hacía la vieja carretera de Puebla.

 

La carretera libre, o la vieja carretera de Puebla, cuenta con las peligrosas curvas de la Carbonera y el Corazón, también con los camiones de carga y los mejores baches de México; el viaje a Metepec donde íbamos a comer en vez de ser de 2½ horas, fue de 5 horas, lo que hizo que la hora de buscar un sitio para acampar ya fuera una hora inadecuada pues ya había anochecido. Nos alumbraba una hermosa Luna  creciente y una lámpara de halógeno de Rubén que fue conectada al encendedor. Encontramos un camino entre alelíes y nubes, que eran las blancas flores que resplandecían a la luz de la Luna a las orillas de las brechas por las que pasábamos para buscar el lugar ideal, alejados de todos pero al mismo tiempo cerca de una carretera por cualquier problema que pudiese haber. Montamos nuestras casas de campaña, colocamos el telescopio, las cámaras de video, la cámara fotográfica, etc., etc.

 

Disponiéndonos a la observación; nuestro lugar no podía estar mejor: por el oeste las constelaciones se ponían detrás del Popocatépelt, que estaba exactamente frente a nosotros erguido imponente mostrando sus laderas desnudas sin nieves. Junto al Popo el Ixtlazihualt más lejano, con un poco de nieve. Al norte, él hasta entonces desconocido, cerro de “El Totol” pico que sobresale en el horizonte como a 10° de la Polar. Digo hasta entonces desconocido, pero que actualmente es mencionado por que ese es uno de los lugares que las personas a que les hemos preguntado señalan como el sitio por donde ha habido mayor cantidad de avistamientos. A todos a los que les preguntamos coincidían en algunas de las siguientes versiones: algunos dicen que los objetos van del Totol al Popo y alumbran los cerros. Otros dicen que van del norte al sur y que doblan hacia el este y se pierden en la lejanía. Pero  también  se comentaban de un avistamiento de algo parecido a un avión, que no parpadeaba, que solo era una luz blanca que acariciaba la ladera del Popo, que subía al pico y se juntaba con dos luces que venían del norte y se perdían en la inmensidad.

 

 

                El telescopio esta montado, Álvaro le da los últimos ajustes hacia la Polar, la noche no es buena, solo se ven estrellas de 1ª y 2ªmagnitud y algunos planetas. Las tres mujeres se van a dormir. Rubén mira hacia la Hacienda Embrujada, donde quería acampar, una luz como de una fogata y la luz de una lámpara. Empieza a hacerles señales con su lámpara y nos pide a Álvaro y a mí que lo acompañemos. Vamos con él, es solo cruzando la carretera, hay un tronco en la brecha que nos lleva al sitio donde se ve la luz. Pasamos sobre el tronco y nos aproximamos al campamento, cuando se escucha la voz de un hombre… “ahí vienen los que nos están haciendo señales” Rubén se asusta, da media vuelta, diciéndonos “vámonos a lo mejor son traficantes”;  seguimos por la orilla de la carretera al cerro de la “Casita Blanca”, el sitio donde se reúnen todos los que quieren saber algo del fenómeno Ovni.

 

                Llegamos ahí. Hay 54 coches, telescopios, binoculares. Sale a nuestro encuentro un pequeño robot manejado a control remoto por un niño; subimos el cerrito, entramos a la Casita Blanca, tiene cuatro metros cuadrados, está limpia, solo el carbón de alguna fogata, no huele mal, es increíble hay como 300 personas, alcohol, quesadillas, etc. Son las 11:15 de la noche por  la ladera izquierda del Popo se ve una lucecita, nos pasamos los binoculares, observamos venir otra de derecha a izquierda no le tomamos importancia. Pensamos que son aviones.

 

 

                Ha amanecido, oigo el trinar de los pájaros, el cencerro de alguna vaca cercana y el masticar rumiante de un caballo que resopla de vez en cuando. Todos duermen. Se escuchan voces de hombres no muy lejanas: son campesinos. “Buenos días, como está usted, acampamos en su terreno”, digo yo, “hemos venido a ver lo de los Ovnis”. El hombre es un viejo con su cara curtida por el Sol, está arando con su caballo. ¡Que hermosa escena! El Popo está detrás de él, tiene una fumarola que sale lentamente de su cráter que se delinea con su tezontle rojo y desnudo, está yermo, solo en una que otra fisura hay un árbol. Platico con don Máximo mientras ara la tierra y mi mirada abarca los campos de trigo verde, los alelíes, una gama de colores cortados en cuadritos: son campos donde se cultivan flores.

 

“Los voy a llevar a conocer un sitio donde hay millones de truchas, a la tumba que fue iluminada por un “Ovni” y la iglesia de la brujería, dice Rubén. Vamos a Atlimeyaya es una recta como de 2 km, y curvas empinadas. Al final de una curva tenemos que parar: hay 2000 chivos de todos colores y tamaños, vienen hacia nosotros, seguidos por unos niños y un perro, los chivos balan y balan sin cesar. Tintineando sus campanas alegremente, les contamos las patas y dividimos entre cuatro llegando a la conclusión de que son 2000.

 

                Atlimeyaya nos ofrece una tienda donde comprar algún refrigerio, al bajar Rubén observa que la cajuela de la Combi esta abierta y falta el tripie de Nacho, se le busca, se regresa por la carretera, es en vano, se perdió, su papá lo acababa de comprar, ¡que pena! Vienen los lamentos, las recriminaciones.

 

Llegamos a la iglesia de “San Baltazar”. Hay una boda. Deben de ser los ricos del pueblo. El joven es moreno de mediana estatura, es bien parecido. Ella de cuerpo grácil y joven, su cara un poco tosca con la belleza de la juventud. Afuera, en el atrio, está la banda que los acompañara en el trayecto desde la casa de los novios, hasta la iglesia, pasando por todo el pueblo.  El pueblo tendrá unos tres mil habitantes, está en lo alto del cerro. La iglesia es del tiempo de la colonia. Los novios han entrado, se disponen a hincarse con los acordes de la marcha nupcial. Todos los invitados entran. Nos metemos por el pasillo, encima de los pajes que llevan las arras y los anillos. A la salida, llega a mi encuentro Consuelo, “Ada ¿ya diste limosna a la iglesia? Me pregunta. Diciéndome que en el atrio hay un señor que nos dijo a Adriana y a mí, que si ya habíamos cumplido con la iglesia de San Baltazar, dejándole una limosna, por que  si no, nos íbamos a sentir mal así es que ya dejamos la limosna.” Al bajar escaleras me tope con un señor, tal vez el mismo que hablo con Consuelo, me dice que sino cumplo me voy a marear y me dolerá el estómago. No traigo dinero así es que me voy.

 

                Vamos a la iglesia de San Pablo, está en la punta de una loma picuda, como las que abundan por aquí, parecen pirámide cubiertas de tierra. La iglesia está cerrada. El atrio, como fue costumbre, es un campo santo, sus tumbas denotan la antigüedad de sus moradores. Tienen cruces de hierro negro recién pintado, sus flores secas, follajes sobre pequeños montículos. Hay jarras de pulque volcados, algunos están rotos. Han de ser ofrendas de alguna festividad. Buscamos la tumba del extraterrestre. Encontramos epitafios. Álvaro  nos lee uno de ello: ___ vivió hasta los 113 años ___ recuerdo de sus padrinos ___ ¿pues que edad tenían sus padrinos? Nos percatamos que hay varias tumbas de personas enterradas de 109 años, de 110,  y de 90, en su mayoría gente longeva. Una tumba llama la atención: tienen una piedra de cantera gris de un metro de altura y 40 cm. de ancho. Comenta Rubén que esa debe de ser la del extraterrestre, es distinta. Hay algunas tumbas que en vez de cruz tienen una piedra. Salimos a darle la vuelta a la iglesia y Rubén nos señala un muñequito de tela tirado en el suelo. Me acerco a verlo “¡no lo toques!” Dice Rubén: ¡es brujería! Sigan observando. Vemos fetiches vestidos con camisas de colores, los hay de cabeza, dentro del follaje, colgados en alguna rama. También hay huevos semienterrados, no son muchos, pero están ahí.

 

                Al bajar hacia la Combi encontramos a una señora a la que le pregunto cuál es la tradición de los muñecos. Ella nos dice “¿ya los vieron?” Y su sonrisa es nerviosa: “son para levantar a sus muertos”. Nos habla algo de las mujeres embarazadas que van a un entierro: “para que no se les meta el muerto: son limpias”. Le agradecemos su explicación, aunque no le entendimos.

 

En un poste esta un hombre alto y fuerte, borracho, discute acaloradamente con un hombre chaparro, más joven que él. Señalando la Combi, grita una serie de sandeces y malas palabras. Consuelo está preocupada. La brava es contra Rubén, por que el borracho le dijo un piropo a Consuelo y Rubén le contestó haciéndose de palabras. Nos apresuramos a salir de allí. Llegamos al lugar de “Los millones de truchas”. Se trata de un criadero. No se permite pasar con cámaras fotográficas o de video. La entrada es gratis, se venden bolsitas con comida para las truchas, hay muchos estanques que hierven en peces. Hay truchas de un metro y medio de largo, con doble dentadura, con una mancha blanca en la punta de la nariz. Son de varias especies. El agua corre atraves de los estanques, hay para distintos tamaños. Es un espectáculo darles de comer, sé avalanzan haciendo una mancha negra en movimiento. Al fondo, tras la reja, hay un ahuehuete grandísimo. En una pequeña cavidad del árbol está una máscara y una vela.

 

“Antes de irnos les platicaré la leyenda”, dijo Rubén. “En esa casita de paja vivía un indito con su familia, cuando una noche tocaron a su puerta dos hombres rubios en mangas de camisa, pidiéndole un vaso con agua, pese a que un riachuelo de agua fresca corría cerca de ellos. Los invitaron a pasar a la choza y además del agua se les ofreció, un plato con frijoles y tortillas que saborearon con agradecimiento. Uno de ellos, le dijo al indito “tome estas dos canicas, le traerán dinero y prosperidad”. Una tarde, cuando sus nietos jugaban con esas canicas, resbalaron al riachuelo y desde entonces empezaron a nacer las truchas, hasta llegar a los millones, que seguramente hay.

 

A la salida te venden las truchas: hay arco iris, asalmonada y de otras especies. Te cuestan desde 13.00 hasta 26.00 pesos el kilo, según el tamaño y la variedad. Compramos varias de ellas para comer. Nos dan tristeza, las sacan y las vemos morir. Adriana no quiere comerlas; ni Álvaro: “que derecho tenemos de quitarles la vida”, comentan.

 

                En camino al campamento Rubén nos dice que quiere ir esa noche a la “Hacienda Embrujada”, que es el sitio desde donde nos hacían señales los “traficantes”, no parece buena idea, llegar ahí en la noche, de improviso, así es que nos vamos a la hacienda a ver quien acampa y si podemos recorrerla  de día o de noche. Estamos enfrente donde están los troncos, vemos através  de los binoculares, hay dos coches y varios hombres jóvenes, una casa de campaña y un ¡hermoso telescopio! Que nos dio la pauta  para acercarnos a ellos. Nos presentamos, nos invitan a que acampemos con ellos. Son cinco arquitectos en busca en busca de Ovnis. Ya tienen tres días ahí. Rápidamente ponemos las tiendas de campaña y nos disponemos a asar las truchas, envueltas en papel aluminio, rellenas de cebolla, epazote y mantequilla. Empieza a caer la tarde, una Luna ilumina la noche, en la que no hay muchas estrellas como la noche anterior.

 

                El “Chif” como le llaman cariñosamente los arquitectos al mayor de ellos, que fue el que organizó el paseo. Ninguno de ellos se conocía hasta el día que salieron, pero ya son grandes amigos, ríen de todo, bromean, juegan, están felices, no hay bebida, sin embargo están eufóricos, muchachos simpáticos. Consuelo y el “Chif” se entienden a la perfección, hablan el mismo idioma, a él también le gusta lo espiritual y lo esotérico. Hemos terminado de cenar. Hay silencio, solo se escuchan los grillos. El “Chif” pone incienso en un plato y nos pide que nos tomemos de la mano haciendo un círculo de energía y amor, en silencio, en meditación. Estamos parados con los ojos cerrados, él nos dirige “piensen en el amor, en el amor a sus padres, de sus hijos, piensen en cosas bellas y mediten”. A Rubén, que me tiene tomada la mano izquierda, se le siente un temblor casi continuo. La energía vibra através de nosotros. El “Chif” pide que evoquemos la presencia de los ovnis. Esto es mucho mejor de lo que me hubiera imaginado que nos sucedería. Un grupo perfecto, en una noche tenuemente iluminada por la Luna, parados enfrente de un casco de hacienda derruida por el tiempo y el hombre en la búsqueda, tal vez de tesoros. Es imponente el casco de esta hacienda, puede uno entrar, pero no tiene caso hacerlo esa noche. Hay varios cuartos y un gran patio en donde se ven cajas de un apiario. Estamos en silencio, tomados de las manos. Durante una media hora la quietud es hermosa. El “Chif” dice que nos soltemos y vayamos a sentarnos mirando al norte en silencio.

 

Cuando nos sentamos, inusitadamente, en un cerro que se encuentra a unos 500 metros de nosotros, aparece una inmensa luz blanca azulada tan grande y luminosa como un gran faro. Tenemos un sobresalto un murmullo colectivo de admiración. La Luz se apaga segundos después, para aparecer unos 10 o 20 metros de distancia, del lugar original. Es una luz metálica, parecida a las que se ven en las discotecas, ¡pero ahí, en un cerro! Nos emociona, no sabemos que es. Las cámaras de video están puestas pero nadie las hace funcionar. Mi cámara está en el coche, pero no quiero dejar de observar ni un segundo. El espectáculo ha durado varios minutos. La luz cambia a tres puntos distintos. Álvaro va al telescopio, sus manos le tiemblan, no puede enfocar. Al fin ve el centro de la luz: es una fuente luminosa dividida por dos puntos refulgentes. No vemos nada más. Se hace la obscuridad. Vienen los comentarios dé que fue lo que vimos. Estamos intrigados.

 

                Guadalupe, la novia de Rubén, se me acerca a decirme que vio salir a una mujer vestida de blanco de un costado de la hacienda. Al rato Nacho me hace el mismo comentario. Les pido que no lo divulguen para no crear temor. He de decirles el porqué del nombre de la “Hacienda Embrujada”. Cuentan que en época de la Revolución, todos los moradores fueron victimados y se derramo mucha sangre. Mas tarde fue una fábrica, que se incendió, cobrando muchas vidas y que, desde entonces, se oyen voces y se ven apariciones. Sin embargo estoy tranquila, al igual que casi todos.

 

                La parte delantera del casco de la hacienda, nos sirve de protección para el fuerte viento que corre de este a oeste. El Popo se delinea en la lejanía. Se escucha el sonido de los automóviles que llegan a la Casita Blanca. Es sábado y debe estar repleto el cerrito. Al norte tenemos, junto a la loma la iglesia de San Pablo, la de los muñequitos, con sus luces prendidas. Parece estar suspendida en el aire, debajo de ella se ven unos flachazos, posiblemente de una cámara, son constantes, nos llama la atención.

 

                Me alejo del campamento hacia un pequeño río que pasa enfrente de la hacienda y veo un destello de esa luz blanca azul, pero pequeña, como la de un flash. Me acerco a preguntar “si es el flash de alguno de ellos”. Veo caminando a dos de los jóvenes, se dirigen al terreno de junto, donde hay un sembradio, algunas flores y en su extremo derecho se encuentran dos hermosos árboles alumbrados por la Luna. Al llegar a ellos comentan que qué serían esos destellos  que se ven constantemente en distintos lugares. Repentinamente una luz nos ilumina. Viene de arriba, sobre nuestras cabezas. La luz se apaga: “¿qué fue eso que nos ha alumbrado?” Preguntamos. “¿Habrá sido un Ovni?” “¿Hay expectación?”. Nos tomamos de las manos, haciendo un pequeño círculo. ¡Que hermoso! ¡Que privilegio! Casi estamos llorando. “¡Gracias, gracias  Dios mío! Por este regalo” Decimos con emoción.

 

En el campamento todo es tranquilidad. Llego a avisarles, se despabilan lentamente y me acompañan. Nuestras voces se entre cruzan en explicaciones, nos escuchan y se retiran escépticos. No, no puede ser que no nos crean. Comentamos los tres. No es posible: creen que mentimos, pero fuimos iluminados desde arriba. Debo hablar con Álvaro. En el camino sale a mi encuentro Adriana que me dice solemnemente: “Ada no se emocione fue una broma de Luis, uno de los arquitectos, con su flash”. No le creo, ni tampoco los muchachos. Nos alumbraron desde arriba. Callamos y regresamos llenos de dudas. Los flachazos continúan. Ya no tenemos duda: se trata de una broma. Al estar debajo de los árboles el destello fue mandado hacia arriba rebotando en las hojas, que  nos enviaron la luz. No estoy molesta por que este muchacho, no sabe que me hizo sentir felicidad al pensar que ellos estaban aquí.

 

                Así va pasando lentamente la noche. El terreno está lleno de montículos, valles, cañadas. Un terreno preparado para las fantasías. El valle cerca del cerro de la luz, bautizado así por nosotros. Aparece una luz redondita que se mueve en distintas direcciones. Luego dos o tres y siguen saliendo luces. Yo cuento ocho ¡no, no! Creo que son como doce.  Que serán, parecen que vienen hacia nosotros, han de estar como a dos km. “Ya sé, digo yo, están “linterneando” buscando conejos”.  Es aquí a donde los viene a cazar y por eso que leí en el restaurante “Conejo en mil sabores”.

 

Me voy a acostar a la Combi, donde desde hace un rato está durmiendo Consuelo. Me acuesto lentamente…”¿Qué me pasa? Estoy muy mareada, me siento muy mal, por favor Consuelo avísale a Álvaro que no me puedo levantar ¡Qué malestar tan intenso! Siento mi estómago revuelto. “Álvaro apúrate”. Llega y me apapacha. “Si ya estoy mejor” le digo. “Intentaré recostarme nuevamente…¡no!” Me vuelvo a marear. Mejor duermo sentada en el asiento de atrás. El sueño va llegando lentamente, cuando, sobresaltada, viene dentro de mi sueño “si no cumple usted con San Baltazar, se va a marear y le dolerá el estómago” Y vaya que me marieé y me dolió, tuve todo un retortijón. Salgo un rato. A lo lejos se oye un grito de mujer cerca de la carretera. Preguntan los muchachos, “¿Quién está ahí?” Sacan sus lámparas. No se ve nada, ni se vuelve a escuchar nada, y todos se van a sentar alrededor de una mesita donde juegan a las cartas. La Luna aún ilumina la noche. La constelación del Escorpión, se ve perfectamente, lástima que tengo tanto sueño. Me subo a la Combi quedándome dormida entre las risas y comentarios de los jugadores.

 

                Adriana también se ha ido a dormir. Ella se acostará en la casa de campaña, en donde está Nacho. Adriana no encuentra su cobija: “¡Como es posible que Rubén la haya tomado cuando se fue a dormir con Lupita a su casa de campaña”. “Deben haber tenido frío y como no trajeron cobijas, pues …”. “Me da un coraje” dice Adriana metiéndose nuevamente en la casa. Transcurren unos minutos y oigo la voz de Adriana. Llama a Álvaro y le dice que no puede dormir, que está muy nerviosa, que oyó una voz, en su interior que le decía que se saliese de la casa de campaña por que “algo” iba a pasar. Álvaro la invita a jugar a las cartas.

 

                Estoy dormida, he perdido conciencia de mí alrededor. Sorpresivamente se abre la puerta trasera de la Combi y Álvaro grita: “levántense rápido, algo está pasando, hay una fuerza negativa”. Abro los ojos. Estoy temblando, el frío, la sorpresa. No sé que pasa. Los muchachos pasan gritando con un machete y lámparas. No hay Luna, se ha ocultado detrás del Popo: la obscuridad es impresionante. Se prenden las luces de los coches, todo es movimiento. Unos corren hacia adentro de la hacienda, saliendo rápidamente. Álvaro mete a toda prisa el telescopio, armado con todo y tripie. “Que pasa”, pregunto cuando empieza a llegar la calma. Yo sigo temblando, mis dientes castañetean. Consuelo y yo estamos muy juntas. Nacho está parado viendo sin hablar. Sin dejar de guardar las cosas, por que nos vamos, me cuentan, que estaban jugando cuando a uno de los muchachos le tiraron en la cara una tapa de un garrafón de plástico que había contenido gasolina. Se pararon los muchachos para ver quien lo había hecho, caminando unos pasos hacia el costado de la hacienda, quedándose Álvaro con Adriana. Cuando, del mismo sitio, sale volando un Tuperware. Voló como cinco o seis metros, dice Álvaro. Los muchachos regresan alarmados y, en ese momento, es cuando sale volando el garrafón. Al mismo tiempo la Luna se pone “¿Nos estarán atacando los del pueblo?” Se preguntan y empiezan a buscar con lámparas y machetes. Pero no hay nadie, no hay árboles en donde esconderse, y todo voló detrás de la pequeña casa de campaña del “Chif”. “¡Vamonos! Llevemos solo lo importante. ¡Pero! ¿Qué creen? La Combi no arranca, no tiene batería, está muerta. ¡No se vayan a ir! Pásame corriente”. Ponen sus cables, pero la Combi no arranca, ni modo, nos quedamos todos. Hacemos un círculo alrededor de la fogata, mientras que todos acurrucados dormimos hasta el amanecer. Ahorita son las 4:30 de la mañana.

 

El Sol a salido invitándonos a levantar, Álvaro está congelado. Montó guardia en un extremo y no le toco cobija. La mañana nos sonríe, los pájaros cantan, las sombras fantasmagóricas que proyectan la hacienda han quedado atrás.

 

                Entramos a la hacienda, la recorremos, cada pasillo, cada rincón, sus grandes salones y sus abejas en el centro, no hay nada más, no nos han dejado un tesoro escondido. Los arquitectos deciden hacer el desayuno para todos. Huele bien, son huevos revueltos a la mexicana y frijoles, son varios kilos, ya que somos 13 en total. Pero hay que acabar con todo, ya que es hora de regresar a la civilización.

 

                “¡Empujen la Combi, debe de arrancar en esta bajadita! Dice Álvaro y así pasa sin ningún problema. Pero la Combi está mal. Suena feo, parece como si le hubieran zafado una bujía, o estuviera desvielada. Vamos despacio. Llegando a Metepec, nos dicen que hasta Atlixco, que son unos cuantos kilómetros, hay un mecánico, un niño nos acompañó a ver a su tío. “Escuche que feo suena” digo yo, mientras levantan el cofre. Al mismo tiempo la Combi agarra su paso normal, dejándonos perplejos. La Combi se compuso.

 

                Hemos llegado a México nuestro viaje fue placentero y emocionante, volveremos. Tenemos que saber que hay en ese cerro, ver si así es siempre la función o realmente vimos algo extraño. Sea lo que haya sido el viaje valió la pena. La Combi tiene quemado el switch de arranque, que recientemente se han  puesto, los carbones del generador, la armadura, el regulador de voltaje y la batería sé han echado a perder.

 

                Después de este viaje fuimos varias veces a investigar. Sacamos algunas conclusiones que, tal vez, algún día las escriba también.

 

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